domingo 12 de julio de 2009

La partida (cuentos de Lila, XIII)


Me siento en mi cuarto azul con mi cuaderno rojo para escribir sobre Lila, pero Lila no aparece. Hace tiempo que no sé de ella. Nunca más la ví desde aquella mañana de abril fulgurante en la playa. Presiento que algo pasó ese día. Creo que me reconoció. Lo escuché en el grito de su mirada cruzándose con la mía.


Hasta hoy, probé todos los ritos y conjuros posibles para encontrarla.

Caminé una y mil veces mi pasillo verde, perfumé mi cocina de vainilla y de limón, y la casa entera de sándalo y canela. Armé origamipájaros de papel marrón, y salí con mi bolso en bandolera a enredarme en las veredas de hojas aleteantes de este otoñoinvierno. Intenté oír su voz en las charlas con amigos y entre los libros que Ignacio dejó en mi biblioteca. Pedí que Nina sonara incansable, pero tampoco la escuché cantar con ella con su voz de campanas.

Tampoco volví a cruzarla en los pasillos de nuestro lugar de trabajo ni en la parada del colectivo, a la hora en que la luna se despide.

Una sola vez, hace de ésto apenas una semana, creí escucharla en la librería donde yo buscaba “Las simetrías viscerales”, de Jeannette Winterson, pidiendo “La vida de los caracoles", de (*, o A, ya no recuerdo este detalle; pero cuando levanté la vista sólo estábamos los libros y yo, y algunas personas silenciosas que tomaban café.

Entonces, trato de escribir que Lila duerme entre pinos y violetas; o que el aire huele a jazmines; pero no sirve como conjuro.

Entonces, pienso, supongo, que aquel día de arena y mar, cuando la ví desde mi roca a diez pasos de la orilla susurrándole a un caracol palabras que el viento me negó atrapar, Lila reencontró un recuerdo anhelado y se fue con él.

Entonces, pienso, supongo, que si la suelto, así, tal vez, algún día volverá.

Levanto la vista y miro mi ventana brillante de grisinvierno, y me encuentro con los ojos amarillos de un gato plateado que en estos días ronda mi casa.


Entonces escribo: La última vez que la ví, Lila caminaba hacia el puerto, con su gato en brazos, su bolso en bandolera y un pañuelo azul turquesa besándole el cuello.



foto* Anabella González



viernes 10 de julio de 2009

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Y en esta tarde de luz, fría de invierno, rumorosa de plaza, por unos breves presentes momentos,
olvidamos las vueltas del mundo.

martes 7 de julio de 2009

Siempre las palabras

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mis (pa)sos
son (la)
huella de mi nombre
som(bras) de estrellas
(siem)bra húmeda
estallando en el alba
a(pre)tada de sol
mis (pa)sos
son (la)
(bras)a ancestral
de mi sonido futuro

(PA)
(LA)
(BRAS)
(SIEM)
(PRE)
(PA)
(LA)
(BRAS)

sonoras palabras


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viernes 3 de julio de 2009

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Es tan grande/ la tristeza/ que cerró las puertas de la casa.
Es tan profunda/ la tristeza/ que clausuró las ventanas.
Es tan desmedida/ la tristeza/ que cerró las estrellas de los ojos y la luna de la boca.
Es tan desmesurada/ la tristeza/ que cambió el sonido por el ruido, la caricia por el hielo, la paz por la locura.
Es tan insana/ la tristeza/ que horadó de pozos el camino hacia la casa.

Ya no hay camino. Ya no hay casa.



pintura* Gao Xingjiang-tinta china sobre papel de arroz



martes 30 de junio de 2009

Tanka VIII



El viento bate
mi ventana cerrada,
las gotas cantan
allá afuera en el patio.
Mi jazmín es la noche.


pintura* Falling water, Kan Kit-keung-tinta sobre papel.



viernes 26 de junio de 2009

Angela


Cuando llegué con mis padres a vivir a la pequeña casa entre pinos y violetas, Ángela ya tenía el pelo plateado. Fuimos sus primeros vecinos, y ella fue la primera amiga de mi madre en el pueblo que creció junto con nosotros. La visitamos todos los finales de tarde de ese primer verano fulgurante, y lo seguimos haciendo casi a diario por el resto de su vida.Con el paso de los años, Ángela se convirtió en mi abuela por elección, y finalmente en mi amiga.
Su casa era vieja y sombreada, con el frente tapizado de hiedras y la galería estallando en todos los jazmines del mundo, que marcaron a fuego mi alma de niña acuática. Pero lo mejor de la casa era su cocina, habitada por luces felices. En ella Ángela me enseñó que el mal humor se esfumaba perfumándome de budines de vainilla y limón, que la tristeza se curaba con pócimas de chocolate, que las nubes de merengue eran las mejores para refrescar los atardeceres de verano, y que las grandes tazas de café humeante eran una compañera más en las tardes desapacibles de invierno.
En esa cocina Ángela tenía una alacena mágica. Al abrirla salían de ella azules platos de Inglaterra, pequeñas tacitas de la China y brillantes frascos de mermeladas de naranjas y ciruelas, que besaban mi boca convirtiéndola en sonrisa.
Cuando Ángela se fue, muchos años más tarde, no hubo lágrimas. Ella había instalado su sonora risa de campana en los corazones y en el aire.


foto* Anabella González


martes 23 de junio de 2009

#


Qué diferencia
hay
entre mi canto
y
el sonido del viento
en al alba?

Qué diferencia
hay
entre mi canto
y
el aullido de los lobos
en la noche?



foto* Berenika


viernes 19 de junio de 2009

Ra-yue-la


su
recuerdo
es el
que
me acecha
saltando
de
estrella
en
estrella

son
de tiza
mis
dedos
que dibujan
memorias
de
vereda
en
vereda


Son estaciones mis ojos en espera.
(Como Tierra y Cielo en la rayuela)



foto* Celes



martes 16 de junio de 2009

Significante




Un día decidió volver. Así, sin más. Cerró la casa y salió, sólo llevando lo puesto. Caminó por las calles baldías del pueblo y llegó al páramo. Tardó en cruzarlo incontables días y noches, hasta encontrar el río azul y fragante en un amanecer polvoriento. Para entonces ya casi no recordaba desde dónde había partido. Bordeó el curso del río, subiéndolo hacia el poniente. Para éso tardó tantos días y tantas noches, como tantos días y tantas noches tragarían sucesivos solsticios y equinoccios. En este punto ya no sabía cuál era el tiempo del sueño o de la vigilia, y hasta había olvidado el hambre. Cuando el río se abrió en una salitrosa y sórdida laguna amarilla desvió sus pasos hacia los pastizales, y desde allí subió la sierra con la guía de las estrellas y descendió al valle con la luz del sol. Para entonces, además del olvido del hambre, ya no sentía ni calor ni frío, ni dolor en la árida piel de los pies. Ya no recordaba cuántos pájaros habían cruzado los cielos, cuántos animales se habían agazapado en el camino y cuántos hombres y mujeres habían vuelto la cabeza a su paso. Tampoco sabía, ya, de qué color habían sido sus ropas ni cuál había sido el largo de su pelo. Sólo recordaba el significado de ciertas palabras.
Cuando entró a la ciudad amurallada de colinas y sauces, el sol reventaba en el oeste. Saludó a las gentes con las que se cruzaba, obteniendo por respuesta miradas con el silencio de lo extraño. Nadie comprendía su voz ni su significado.
Al llegar a la plaza sólo una persona vibró ante su fosforescencia y admiró el color de té que había adquirido su piel en los años de camino. Sólo una persona comprendió su lenguaje. Sólo una persona había estado esperando.


pintura* Reunión de soles-Vico Gonz (técnica mixta)



viernes 12 de junio de 2009

Luz de invierno


tengo en mis ojos los sonidos del recuerdo, las huellas de los pasos que pisaron el camino, vibraciones solares en tardes secretas

la niebla en las calles
el humo en los labios
el encuentro en las violetas
la caricia de los gatos
los besos escondidos
los libros en la casa
la casa en un libro
la sangre en vuelo
la vida en río
el tiempo bifurcado
el futuro en confluencia
los aromas en la mano.


pintura* Summer Sunshine- Yang Yangping (acuarela en papel de arroz)